• Lermit Rosell

Cuerpos Nómadas


Foto: Tormenta de arena en el Sahara. Marruecos.



Luego de un mes de confinamiento, hay algo que seguramente todxs tenemos claro: el cuerpo humano no evolucionó para esto - por más que hagamos yôga, ejercicios, saltemos o hagamos abdominales-. Hay algo, y creo que de alguna manera todos lo estamos sintiendo, que el cuerpo nos pide. Ya sea en forma de cansancio, dolores o estado anímico. El cuerpo quiere desplazarse. Quiere movimiento.


Y es que es obvio. Pensando que somos genéticamente idénticos a los sapiens de hace 70.000 años, nuestro cuerpo está diseñado para ser nómada. Acostumbrado a recorrer largas distancias en búsqueda de alimento, cobijo o hasta por la simple curiosidad de explorar. Un cuerpo que en un momento de la historia recorrió continentes enteros, andando, como una manada de antílopes, hoy el máximo movimiento que tiene es de la habitación a la cocina y, con suerte, una escapadita a a terraza.


Esta es una lección importante para todxs. Ya que, si bien la situación de hoy es muy particular, la realidad es que nuestro estilo de vida normal es más parecido a la cuarentena que a aquel de nuestros ancestros. Siempre hay excepciones, claro está, muchas personas llevan una vida bastante activa. Pero igual, por más movimiento que hagamos durante el día, generalmente seguimos estando más cerca del modo cuarentena que de los sapiens de la antigüedad.


Cuando leí a Harari (autor de Sapiens y Homo Deus) por primera vez, una de las cosas que más llamó mi atención es que él sostiene que nosotros, los sapiens, nunca fuimos tan felices como cuando éramos nómadas recolectores. Claro está que es imposible medir la felicidad de alguien hace 50.000 años- es difícil medirla hoy inclusive-. Pero me parece que su tesis tiene mucho sentido.


Primero, él calcula las horas que tenía que trabajar cada persona para sobrevivir. Estima que alguien, en aquella época, quizás dedicaba unas 4 horas por día a las tareas de recolección, caza o construcciones de hogares temporales. Una vez cumplido esto, el tiempo lo disponían para sus relaciones sociales, crear música, quizás juntarse alrededor de un fogón a bailar, hacer garabatos en paredes y quién sabe qué cosas más. Además, también sostiene que en ese momento, nuestro cuerpo estaba mucho más activo, más desarrollado e, inclusive, éramos más inteligentes en una comparación de uno a uno. Un solo sapiens de esa época tenía que conocer a la perfección sobre infinidad de plantas, especies, mapas mentales, el cielo, las aguas y pare de contar. A medida que el ser humano fue “progresando”, varias cosas ocurrieron: fuimos siendo cada vez más sedentarios, más enfocados en la producción y el consumo y con una mayor especialización en menos cosas, lo que nos hizo más capaces colectivamente pero, al mismo tiempo, más limitados como individuos. Y si bien esto generó una bonanza colectiva, pudimos empezar a acumular comida y gracias a eso establecer pueblos y ciudades, Harari cuestiona la felicidad de cada una de las personas que vivimos bajo este sistema. A la evolución no le importa la calidad de vida de los individuos de una especie. El éxito de la especie consiste en la cantidad de individuos que existen y procrean. Somos una especie exitosa para la evolución (quizás demasiado). Pero esto no significa que tengamos el estilo de vida que más nos conviene o nos hace más felices.


Este confinamiento actual lo podemos utilizar para aprender muchas cosas, una de ellas es la relación con nuestros cuerpos. Seguramente la mayoría de las personas declararían que para ellas no es sano estar todo el día sentadas trabajando. No importa si luego salen a correr o hacen cualquier otra actividad física. No es algo que nos sume calidad de vida (aunque siempre hay excepciones) simplemente porque es totalmente alienado para nuestro cuerpo. Estoy casi seguro que nadie puede trabajar todo el día -sin dedicar tiempo a otras cosas importantes como relaciones sociales, buena alimentación, descanso- y pretender que su cuerpo funcione de la mejor manera. A casi ninguna mente le debe hace bien conocer a la perfección los niveles de energía de un electrón o realizar una operación a corazón abierto, pero no tener idea de cómo poner un clavito en la pared, o cómo sembrar unos tomates. Y con esto no quiero decir que abandonemos las conquistas humanas de los últimos siglos, cosas como la tecnología, los avances de salud, la educación e innumerables más, y que volvamos a ser nómadas vagantes por el mundo. Simplemente creo que es momento de cuestionarlo todo. La manera en la que trabajamos, la hiperespecialización del conocimiento, la forma en la que vivimos, nos movilizamos, nos relacionamos. A ningún ser le gusta vivir en una jaula. Y nosotrxs somos los únicos que nos armamos la propia.


No sé muy bien cuál será el camino en el largo plazo para desafiar colectivamente estas cosas, tan arraigadas en nuestra sociedad. Pero sí creo que ahora es el momento de empezar a hacerlo. Y qué mejor forma comenzar que con nuestra relación con el cuerpo, nuestros hábitos (de alimentación, de trabajo, de descanso), las estructuras en las qué podemos ejercer influencia, nuestros círculos más cercanos. El sistema en el que vivimos debería trabajar para nosotros y no al revés como ocurre hoy, en donde todos somos, de cierta manera, esclavos del sistema. Y si bien, a veces, las acciones individuales parecen insignificantes, actuar consecuentemente con lo que queremos genera inercia, empuje. Empezar por lo que podemos cambiar es mucho más poderoso que no empezar.







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